Fundada el 22 de noviembre de 1981, en el Club Social y Atlético Ezeiza. Sede: Avellaneda 51, José María Ezeiza

A 10 años de “Las vacas vuelan”

La Biblioteca Pública Alfonsina Storni y la Junta de Estudios Históricos del Distrito de Ezeiza invitan a homenajear a los vecinos que hicieron posible Las vacas vuelan (2007), de la Lic. Patricia Faure, como testimoniantes, lectores y difusores. Será un “Brindis Benéfico” donde los asistentes podrán seguir colaborando y se sorteará entre los presentes un ejemplar del libro que los convoca. La cita es el próximo viernes 30 de junio de 20 a 21 horas (rogamos puntualidad) en la Biblioteca Pública Alfonsina Storni, ubicada en el del Centro Cultural Amigo Néstor (Avellaneda 27, 2º piso, José María Ezeiza).

73 entrevistas para conocer a fondo Ezeiza

Editado por la Junta de Estudios Históricos de Ezeiza, Las vacas vuelan contiene 73 entrevistas que reconstruyen a partir de finos trazos la formación de Ezeiza. Según el historiador Juan Carlos Ramirez, el libro es el diario íntimo “de la comunidad de Ezeiza, desde sus orígenes urbanos hasta el registro de los inevitables cambios devenidos cuando las tamberas vacas volaron al instalarse la parada de aviones”. Los 73 entrevistados son vecinos que vivieron desde el año 1916, y sus relatos reconstruyen el período que va desde los comienzos del asentamiento poblacional hasta 1973 con la denominación de José María Ezeiza como ciudad. En el prólogo, Patricia dice que “el motivo que impulsó este trabajo fue la conciencia de la pérdida de estas memorias instaladas en sujetos sociales presentes de la localidad”. Las vacas vuelan está ilustrado con uno montaje, en la se ve centralmente la imagen de espigón del Aeropuerto Ezeiza en construcción, en el año 1949; digitalmente, sobre la misma, fueron puestas algunas vacas pastando. “El germen del pueblo fueron las vacas, pero, a partir del Aeropuerto, éstas volaron para dar lugar a la nueva constitución de una nueva identidad urbana”, explicó Patricia, en relación al título de la investigación. La cuidada edición tiene casi cuatrocientas páginas y, sin dudas, es un material que vale la pena leer. Está dividido en un prólogo (Yo vine a preguntar), una conclusión (Reflexiones finales) y seis capítulos, que corresponden a distintas épocas, con epílogos que le dan un marco conceptual a las entrevistas (Décadas 1890-1910: Ezeiza rural; Década de 1920: El caserío; Década de 1930: el pueblito; Década de 1940: El aeropuerto; Década de 1950: el progreso: Década de 1960: los barrios).

Casa Museo Victoria Ocampo y Museo Eva Perón

El sábado 24 de junio de 2017, un contingente de la Biblioteca Pública Alfonsina Storni visitó Villa Victoria Ocampo (hoy, Casa de la Cultura del Fondo Nacional de las Artes) donde se gestó la revista Sur (importante medio cultural argentino) y el Museo Eva Perón, en el barrio de Palermo, donde funciona el Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Eva Perón.
RECOMENDACIONES DE LA BIBLIO. A propósito de ambas mujeres, cada una de actuación destacada, a los lectores interesados les recomendamos material que se encuentra a disposición:
—Autobiografía, de Victoria Ocampo, y ejemplares de la revista Sur.
—La razón de mi vida, libro de Eva Duarte de Perón, y material de época.
—Y la novela Santa Evita de Tomás Eloy Martínez.

Charla sobre alimentación sana

A beneficio de la Biblioteca Pública Alfonsina Storni se llevará a cabo una charla sobre alimentación sana con degustación de productos orgánicos, el sábado 1º de julio de 2017, de 11 a 13 horas. Valor: $150. Reserva paga previa hasta jueves 29 de junio, en la sede de la Biblioteca, en el 2º del Centro Cultural Amigo Néstor (Avellaneda 27, JM Ezeiza), lunes. miércoles y viernes de 10 a 14 horas; martes y jueves de 14 a 16; y sábado, de 9 a 13.

Colección Fotográfica La Palabra de Ezeiza

En la Biblioteca Pública Alfonsina Storni se encuentra disponible para la consulta parte de la Colección Fotográfica La Palabra de Ezeiza (ya clasificada y ordenada), correspondiente mayormente al período 1994-2001. Se trata de un trabajo realizado sobre más de 2.000 imágenes que fueron organizadas en 24 clasificadores generales por la voluntaria Gilda Saracino, quien pacientemente se abocó durante meses a tan minuciosa tarea. La Biblioteca Pública Alfonsina Storni funciona los lunes, miércoles y viernes, de 10 a 14 horas; martes y jueves, 14 a 16 horas; y sábado 9 a 13, en el 2º piso del Centro Cultural Amigo Néstor (Avellaneda 27, JM Ezeiza).

Habemus cartelería 2017

La Biblioteca Pública Alfonsina Storni estrenó nueva cartelería. La Biblio está ubicada en 2º piso del Centro Cultural Amigo Néstor (Avellaneda Nº 27, José María Ezeiza). Funciona: lunes, miércoles y viernes (10 a 14), martes y jueves (14 a 16) y sábado (9 a 13). Novedad: Espacio Wifi.

Charla sobre cactus, kalanchoes y suculentas a beneficio de APADE en la Biblioteca Pública Alfonsina Storni

El sábado 10 de junio de 2017 se realizó una charla demostrativa sobre  cactus, kalanchoes y suculentas en la Biblioteca Pública Alfonsina Storni (2º piso del Centro Cultural Amigo Néstor, Avellaneda 25, José María Ezeiza), a beneficio de APADE (Asociación Protectora de Animales de Ezeiza). Cada uno se fue con su macetita gracias a la charla informativa y demostrativa que generosamente ofreció la proteccionista Marcela Della Palma. Hubo confección de vástagos identificatorios para cada planta, origamis para decorar (¡deseamos llegar a las mil grullas!) y refrigerio entre los asistentes. Circularon los libros sobre la temática existentes en la institución y se hizo lectura del cuento “Mil grullas” de Elsa Bornemann.
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“Mil grullas”, de Elsa Bornemann

Naomi Watanabe y Toshiro Ueda creían que el mundo era nuevo. Como todos los chicos.
Porque ellos eran nuevos en el mundo. Tambíen, como todos los chicos. Pero el mundo era ya muy viejo entonces, en el año 1945, y otra vez estaba en guerra. Naomi y Toshiro no entendían muy bien qué era lo que estaba pasando.
Desde que ambos recordaban, sus pequeñas vidas en la ciudad japonesa de Hiroshima se habían desarrollado del mismo modo: en un clima de sobresaltos, entre adultos callados y tristes, compartiendo con ellos los escasos granos de arroz que flotaban en la sopa diaria y el miedo que apretaba las reuniones familiares de cada anochecer en torno a la noticia de la radio, que hablaban de luchas y muerte por todas partes.
Sin embargo, creían que el mundo era nuevo y esperaban ansiosos cada día para descubrirlo.
¡Ah... y también se estaban descubriendo uno al otro!
Se contemplaban de reojo durante la caminata hacia la escuela, cuando suponían que sus miradas levantaban murallas y nadie más que ellos podían transitar ese imaginario senderito de ojos a ojos.
Apenas si habían intercambiado algunas frases. El afecto de los dos no buscaba las palabras. Estaban tan acostumbrados al silencio...
Pero Naomi sabía que quería a ese muchachito delgado, que más de una vez se quedaba sin almorzar por darle a ella la ración de batatas que había traído de su casa.
—No tengo hambre —le mentía Toshiro, cuando veía que la niña apenas si tenía dos o tres galletitas para pasar el mediodía—. Te dejo mi vianda —y se iba a corretear con sus compañeros hasta la hora de regreso a las aulas, para que Naomi no tuviera vergüenza de devorar la ración.
Naomi... Poblaba el corazón de Toshiro. Se le anudaba en los sueños con sus largas trenzas negras. Le hacía tener ganas de crecer de golpe para poder casarse con ella. Pero ese futuro quedaba tan lejos aún...
El futuro inmediato de aquella primavera de 1945 fue el verano, que llegó puntualmente el 21 de junio y anunció las vacaciones escolares.
Y con la misma intensidad con que otras veces habían esperado sus soleadas mañanas, ese año los ensombreció a los dos: ni Naomi ni Toshiro deseaban que empezara. Su comienzo significaba que tendrían que dejar de verse durante un mes y medio inacabable.
A pesar de que sus casas no quedaban demasiado lejos una de la otra, sus familias no se conocían. Ni siquiera tenían entonces la posibilidad de encontrarse en alguna visita. Había que esperar pacientemente la reanudación de las clases.
Acabó junio, y Toshiro arrancó contento la hoja del almanaque...
Se fue julio, y Naomi arrancó contenta la hoja del almanaque...
Y aunque no lo supieran: “¡Por fin llegó agosto!”, pensaron los dos al mismo tiempo.
Fue justamente el primero de ese mes cuando Toshiro viajó, junto a sus padres, hacia la aldea de Miyashima. Iban a pasar una semana. Allí vivían los abuelos, dos ceramistas que veían apilarse vasijas en todos los rincones de su local.
Ya no vendían nada. No obstante, sus manos viejas seguían modelando la arcilla con la misma dedicación de otras épocas.
—Para cuando termine la guerra... —decía el abuelo.
—Todo acaba algún día... —comentaba la abuela por lo bajo. Y Toshiro sentía que la paz debía de ser algo muy hermoso, porque los ojos de su madre parecían aclararse fugazmente cada vez que se referían al fin de la guerra, tal como a él se le aclaraban los suyos cuando recordaba a Naomi.
¿Y Naomi?
El primero de agosto se despertó inquieta; acababa de soñar que caminaba sobre la nieve. Sola. Descalza. Ni casas ni árboles a su alrededor.
Un desierto helado y ella atravesándolo.
Abandonó el tatami, se deslizó de puntillas entre sus dormidos hermanos y abrió la ventana de la habitación. ¡Qué alivio! Una cálida madrugada le rozó las mejillas. Ella le devolvió un suspiro.
El dos y el tres de agosto escribió, trabajosamente, sus primeros haikus:

Lento se apaga
el verano. Enciendo
lámpara y sonrisas.

Pronto florecerán
los crisantemos.
Espera, corazón.

Después, achicó en rollitos ambos papeles y los guardó dentro de una cajita de laca en la que escondía sus pequeños tesoros de la curiosidad de sus hermanos.
El cuatro y el cinco de agosto se lo pasó ayudando a su madre y a las tías ¡Era tanta la ropa para remendar!
Sin embargo, esa tarea no le disgustaba. Naomi siempre sabía hallar el modo de convertir en un juego entretenido lo que acaso resultaba aburridísimo para otras chicas. Cuando cosía, por ejemplo, imaginaba que cada doscientas veintidós puntadas podía sujetar un deseo para que se cumpliese.
La aguja iba y venía, laboriosa. Así, quedó en el pantalón de su hermano menor el ruego de que finalizara enseguida esa espantosa guerra, y en los puños de la camisa de su papá, el pedido de que Toshiro no la olvidara nunca...
Y los dos deseos se cumplieron.
Pero el mundo tenía sus propios planes...
Ocho de la mañana del seis de agosto en el cielo de Hiroshima.
Naomi se ajusta el obi de su kimono y recuerda a su amigo: “¿Qué estará haciendo ahora?”.
“Ahora”, Toshiro Pesca en la isla mientras se pregunta: “¿Qué estará haciendo Naomi?”.
En el mismo momento, un avión enemigo sobrevuela el cielo de Hiroshima.
En el avión, hombres blancos que pulsan botones y la bomba atómica surca por primera vez un cielo. El cielo de Hiroshima.
Un repentino resplandor ilumina extrañamente la ciudad.
En ella, una mamá amamanta a su hijo por última vez.
Dos viejos trenzan bambúes por última vez.
Una docena de chicos canturrea: “Donguri-Koro Koro-Donguri Ko...” por última vez.
Cientos de mujeres repiten sus gestos habituales por última vez.
Miles de hombres piensan en mañana por última vez.
Naomi sale para hacer unos mandados.
Silenciosa explota la bomba. Hierven, de repente, las aguas del río.
Y medio millón de japoneses, medio millón de seres humanos, se desintegran esa mañana. Y con ellos desaparecen edificios, árboles, calles, animales, puentes y el pasado de Hiroshima.
Ya ninguno de los sobrevivientes podrán volver a reflejarse en el mismo espejo, ni abrir nuevamente la puerta de su casa, ni retomar ningún camino querido.
Nadie será ya quien era.
Hiroshima arrasada por un hongo atómico.
Hiroshima es el sol, ese seis de agosto de 1945. Un sol estallando.
Recién en diciembre logró Toshiro averiguar dónde estaba Naomi.
¡Y que aún estaba viva, Dios!
Ella y su familia, internados en el hospital ubicado en una localidad próxima a Hiroshima, como tantos otros cientos de miles que también habían sobrevivido al horror, aunque el horror estuviera ahora instalado dentro de ellos, en su misma sangre.
Y hacia ese hospital marchó Toshiro una mañana.
El invierno se insinuaba ya en el aire y el muchacho no sabía si era frío exterior o su pensamiento lo que le hacía tiritar.
Naomi se hallaba en una cama situada junto a la ventana. De cara al techo. Ya no tenía sus trenzas.
Apenas una tenue pelusita oscura.
Sobre su mesa de luz, unas cuantas grullas de papel desparramadas.
—Voy a morirme, Toshiro... —susurró, no bien su amigo se paró, en silencio, al lado de su cama—. Nunca llegaré a plegar las mil grullas que me hacen falta...
Mil grullas... o “Semba-Tsuru”, como se dice en japonés.
Con el corazón encogido, Toshiro contó las que se hallaban dispersas sobre la mesita. Sólo veinte. Después, las juntó cuidadosamente antes de guardarlas en un bolsillo de su chaqueta.
—Te vas a curar, Naomi —le dijo entonces, pero su amiga no lo oía ya: se había quedado dormida.
El muchachito salió del hospital, bebiéndose las lágrimas.
Ni la madre, ni el padre, ni los tíos de Toshiro (en cuya casa se encontraban temporariamente alojados) entendieron aquella noche el porqué de la misteriosa desaparición de casi todos los papeles que, hasta ese día, había habido allí.
Hojas de diario, pedazos de papel para envolver, viejos cuadernos y hasta algunos libros parecían haberse esfumado mágicamente. Pero ya era tarde para preguntar. Todos los mayores se durmieron, sorprendidos.
En la habitación que compartía con sus primos, Toshiro velaba entre las sombras. Esperó hasta que tuvo la certeza de que nadie más que él continuaba despierto. Entonces, se incorporó con sigilo y abrió el armario donde se solían acomodar las mantas.
Mordiéndose la punta de la lengua, extrajo la pila de papeles que había recolectado en secreto y volvió a su lecho.
La tijera, la llevaba oculta entre sus ropas.
Y así, en el silencio y la oscuridad de aquellas horas, Toshiro recortó primero novecientos ochenta cuadraditos y luego los plegó, uno por uno hasta completar las mil grullas que ansiaba Naomi, tras sumarles las que ella misma había hecho. Ya amanecía, el muchacho se encontraba pasando hilos a través de las siluetas de papel. Separó en grupos de diez las frágiles grullas del milagro y las aprestó para que imitaran el vuelo, suspendidas como estaban de un leve hilo de coser, una encima de la otra.
Con los dedos paspados y el corazón temblando, Toshiro colocó las cien tiras dentro de su furoshiki y partió rumbo al hospital antes de que su familia se despertara. Por esa única vez, tomó sin pedir permiso la bicicleta de sus primos.
No había tiempo que perder. Imposible recorrer a pie, como el día anterior, los kilómetros que lo separaban del hospital. La vida de Naomi dependía de esas grullas.
—Prohibidas las visitas a esta hora —le dijo una enfermera, impidiéndole el acceso a la enorme sala en uno de cuyos extremos estaba la cama de su querida amiga.
Toshiro insistió:
—Sólo quiero colgar estas grullas sobre su lecho, por favor...
Ningún gesto denunció la emoción de la enfermera cuando el chico le mostró las avecitas de papel. Con la misma aparentemente impasibilidad con que momentos antes le había cerrado el paso, se hizo a un lado y le permitió que entrara:
—Pero cinco minutos, ¿eh?
Naomi dormía.
Tratando de no hacer el mínimo ruidito, Toshiro puso una silla sobre la mesa de luz y luego se subió.
Tuvo que estirarse a más no poder para alcanzar el cielorraso. Pero lo alcanzó. Y en un rato estaban las mil grullas pendiendo del techo; los cien hilos entrelazados, firmemente sujetos con alfileres.
Fue al bajarse de su improvisada escalera cuando advirtió que Naomi lo estaba observando. Tenía la cabecita echada hacia un lado y una sonrisa en los ojos.
—Son hermosas, Tosí-can... Gracias...
—Hay un millar. Son tuyas, Naomi. Tuyas —y el muchacho abandonó la sala sin darse vuelta.
En la luminosidad del mediodía que ahora ocupaba todo el recinto, mil grullas empezaron a balancearse impulsadas por el viento que la enfermera también dejó colar, al entreabrir por unos instantes la ventana.
Los ojos de Naomi seguían sonriendo.
La niña murió al día siguiente. Un ángel a la intemperie frente a la impiedad de los adultos. ¿Cómo podían mil frágiles avecitas de papel vencer el horror instalado en su sangre?
Febrero de 1976.
Toshiro Ueda cumplió cuarenta y dos años y vive en Inglaterra. Se casó, tiene tres hijos y es gerente de sucursal de un banco establecido en Londres.
Serio y poco comunicativo como es, ninguno de sus empleados se atreve a preguntarle por qué, entre el aluvión de papeles con importantes informes y mensajes telegráficos que habitualmente se juntan sobre su escritorio, siempre se encuentran algunas grullas de origami dispersas al azar.
Grullas seguramente hechas por él, pero en algún momento en que nadie consigue sorprenderlo.
Grullas desplegando alas en las que se descubren las cifras de las máquinas de calcular.
Grullas surgidas de servilletas con impresos de los más sofisticados restaurantes...
Grullas y más grullas. Y los empleados comentan, divertidos, que el gerente debe de creer en aquella superstición japonesa.
—Algún día completará las mil... —cuchicheaban entre risas—. ¿Se animará entonces a colgarlas sobre su escritorio?
Ninguno sospechaba, siquiera, la entrañable relación que esas grullas tienen con la perdida Hiroshima de su niñez. Con su perdido amor primero.

Glosario

Miyashima: pequeña isla situada en las proximidades de la ciudad de Hiroshima.
Tatami: estera que se coloca sobre el piso, en las casas japonesas tradicionales.
Haiku: breve poema de diecisiete sílabas, típico de la poesía japonesa.
Obi: faja que acompaña al kimono.
Kimono: vestimenta tradicional japonesa, de amplias mangas, largas hasta los pies y que se cruza por delante, sujetándose con una especie de faja llamada obi.
Donguri-Koro Koro: Verso de una popular canción infantil japonesa.
Semba-Tsuru (Mil grullas): una creencia popular japonesa asegura que haciendo mil de esas aves —según enseña a realizarlo el origami (nombre del sistema de plegado de papel)— se logra alcanzar la larga vida y felicidad.
Furoshiki: tela cuadrangular que se usa para formar una bolsa, atándola por sus cuatro puntas después de colocar el contenido.
Tosí-can: diminutivo de Toshiro.

ELSA BORNEMANN. Elsa Bornemann nació en Buenos Aires en 1952. Es narradora, guionista y traductora. Entre los numerosos e importantes premios que recibió por sus libros y por su trayectoria, se destacan: la Faja de Honor de la SADE por El espejo distraído y el Premio Nacional de Literatura Infantil. Fue la primera escritora argentina que integró, en 1976, la Lista de Honor de IBBY, por su libro Un elefante ocupa mucho espacio.

© Elsa Bornemann. “Mil grullas” de Elsa Bornemann en No somos irrompibles (12 cuentos de chicos enamorados). Edición: Plan Nacional de Lectura 2011.